El Estado es algo simbólico, sin poder normativo
(Punto 8 del Decálogo)
Lo bueno de ser un partido pequeño es la buena relación que puede haber entre todos; los dirigentes lo somos porque los militantes nos habéis brindado la confianza, y además una confianza muy directa: nos conocéis, sabéis cómo pensamos y sabéis nuestro quehacer. Esa confianza vale más, si cabe, que una confianza nacida de una asamblea de desconocidos, donde unos dirigentes leen un discurso que les han escrito, y donde son arropados sólo “por ser vos quien sois”.
Además, el CDS que se ha puesto en marcha “resucita” después de “unos años de calvario que acabaron en una gran crucifixión”.
Aunque pequeños, creemos que tenemos unas ideas muy diferentes a las de los otros grupos políticos que pululan en el espectro español; además unas ideas que no se han llevado a la práctica en España después del advenimiento de la democracia; por supuesto, antes tampoco.
……………………………………….
En España hemos tenido una historia muy procelosa, y muy difícil, desde el advenimiento de la “modernidad”: cuándo comienza depende de qué sea, o qué entendamos por ella. Las ideas “nacen” y se van imponiendo muy poco a poco, y como no hay un criterio uniforme, vamos a poner el “nacimiento” de la modernidad en el momento en que los españoles se unieron para luchar contra los franceses en la llamada invasión napoleónica.
Que supuso un gozne en la mentalidad española no le cabe duda a nadie, no tanto por las ideas nuevas cuanto porque sirvió para dos cosas: unir a los españoles contra los franceses y dividir la sociedad española en dos.
Pero, Patrocinio, no soy historiador, ni nuestro grupo es un grupo para historiar ni la historia ni los acontecimientos: además, una de las cosas que propongo es que de la historia no ha de nacer normatividad ninguna, pero de eso hablaré en otro momento.
Lo importante de ese “momento” es que se divide la sociedad española en “trono” y “altar”, es decir, que hay españoles que quieren una sociedad regida por el “trono” y otra parte que quiere que la sociedad sea regida por el “altar”.
La sociedad que apela al “altar” para fundamentar su quehacer lo hace con la convicción de que los “valores” y tradiciones amasados y conseguidos por la religión son fundamentales y han conseguido una gran prosperidad social y económica.
A toda organización política, como consecuencia, se la pone en el otro lado, es decir, en el “trono”; y este trono, según ellos, ha traído la ruina y la destrucción a toda Europa y por supuesto a España: Napoleón no sería un libertador, sino un gran terrorista.
Por el contrario, la sociedad que apela al “trono” para fundamentar la sociedad lo hace porque cree que los valores tradicionales han traído la ruina a Europa y a España: estos valores son identificados con la religión y sobre todo con la Iglesia y sus instituciones.
Además apela a la “autonomía” de este mundo, el cual no depende de ningún Dios para organizarse: a esta organización la llaman “Estado”, cuyas ideas las hacen arrancar de Maquiavelo hasta los autores actuales, cada uno de los cuales hará interpretaciones muy diferentes.
Así pues, ahí tienes, de manera muy simple y simplificada, el porqué del “Estado”.
Pero las cosas no son así de simples, sino que todo, tanto en la historia como en la sociedad, es más complicado y por una sencilla razón: toda sociedad está formada por personas, y éstas somos distintas y tenemos querencias distintas.
Y a la vez que se iban forjando estas ideas, que han llegado a convertirse en “lugares comunes”, se iban amasando otras ideas; pues, tanto el “trono” como el “altar” han generado mucho sufrimiento, y los hombres no queremos el sufrimiento, y menos el “provocado” por nosotros mismos; tampoco queremos el provocado por la naturaleza contra el cual luchamos con lo que llamamos “ciencia”. Pero el sufrimiento provocado por nuestro egoísmo o nuestras pasiones también hace que nos rebelemos, y hace que en nosotros nazca la idea de lo “justo” o lo “injusto”.
Y ahora, la cosa se complica más, pues los del “trono” dicen que lo “injusto” es del altar, y lo “justo” es lo suyo; y viceversa, los del “altar” dicen que lo “injusto” es del trono y lo justo lo suyo.
En esas estamos; y ahora me puedes decir que a qué viene toda esta historia de “trono” y “altar” para decir que el “Estado es algo simbólico y sin poder normativo”.
Los que quieren un “Estado”, lo hacen diciendo que el “altar” es algo simbólico, y que la religión es algo que afecta a lo privado, a la conciencia más íntima, y que no ha de tener manifestaciones públicas. Ya se pasaron los tiempos en que se “perseguía” a los que tenían como referencia la religión o el altar. Pero sigue manteniéndose la idea de que la religión es algo “íntimo” y aunque no se la persiga, sí se hace mofa y befa de ella.
Se dice que el Estado puede solucionar todos los problemas y que por lo tanto, ha de solucionarlos; es decir, al Estado se le “preña” de todas las cosas buenas, y por supuesto todas las malas son de los otros.
Pero la idea fundamental es que el Estado ha de suplir al “trono”, y si en el Antiguo Régimen era el Rey quien debía mirar por el bien de los hombres, es ahora el Estado quien ha de hacer esa función.
La crítica que hago yo es que “para este viaje no hacían falta estas alforjas”, pues simplemente se ha sustituido el “altar” por el “trono”, a la Iglesia por el Estado: en ambos “mundos” lo que menos cuenta son las personas concretas, a no ser como objeto en el cual se proyecta la “bondad” que quieren llevar a cabo, o bien el “trono” o bien el “altar”. La decisión o la libertad de las personas ha de ser anulada por criterios venidos de no se sabe dónde, pero nunca de la “razón” que tenemos las personas.
En la cuestión política que nos afecta, “todos” (hoy todos los partidos políticos del espectro español, salvo el CDS) se ponen del lado del “Estado” y lo aceptan como el ente que ha de amasar, heñir, cuidar y pastorear a las personas.
Y una vez admitido por todos, la diferencia es que unos quieren “más Estado” y otros “menos Estado”. En cuanto al “altar”, a la Iglesia, no saben qué hacer con ella o cómo actuar frente a ella. Al introducirse el criterio de la “tolerancia”, que no existía en otros tiempos, no pueden violentarla, aunque se la sigue “acusando” de todos los males posibles sin saber su propia evolución ni el esfuerzo hecho en su seno.
El Estado, pues, lo es todo: para unos “más”, los que se llaman de izquierdas, y para otros “menos”, los que se llaman de derechas; tan extendido está este criterio como lugar común que creen que el “centro” es el que está “equidistante” entre lo “más” y lo “menos”. Todavía hay personas que se creen de ese centro, que pretende un equilibrio; pero que es más bien un “malabarismo”, como esos personajes de un circo que van por encima de un alambre sin caerse.
Hasta se inventa eso de “centro-derecha” y “centro-izquierda”, como si fuera una “leve” inclinación del malabarista hacia un lado o hacia otro. Otros, por ejemplo la Sra. Rosa Díez, dice que el “centro es la nada”, afirmación que nunca he entendido si la ha hecho porque “sabe” lo que es la “nada” o porque “no lo sabe”.
El caso es que afirmaciones de este tipo tienen predicamento, y es que en España estamos tan acostumbrados a pensar desde presupuestos del Estado que sólo pensamos en “más Estado” o “menos Estado”. Esto se ha concretado en dos partidos y el pasar de una postura a otra lo llamamos “alternancia”, pero en definitiva es lo mismo: es el Estado quien nos dirige.
Un fenómeno venido del siglo XIX, y que entra en esta liza, es el nacionalismo: pero es más de lo mismo; sólo hay que escuchar su discurso para darse cuenta de que quieren hacer de una “región” un Estado donde aplicar sus propios criterios, sus propias ideas “proféticas” y mesiánicas. Es una forma de “alargar” aún más el acuerdo de Westfalia de que “cada región tendrá su religión”, donde por supuesto las personas concretas no cuentan para nada.
Nadie, salvo el CDS, ha pensado en que al otro lado están las personas: buenas o malas, listas o tontas, pero que son dueñas de su destino, y que no necesitamos ni “trono” ni “altar” para organizarnos; de ahí que el Estado, al igual que la Iglesia, sea algo simbólico. La normatividad no nace ni de uno ni de otra, sino de cómo queramos hacerlo nosotros, en nuestras propias instituciones: la más importante es el Parlamento.
De ahí que todo el discurso de todos los grupos políticos españoles, salvo el CDS hasta ahora, digan lo mismo con más o menos intensidad: todos, salvo el CDS, quieren adueñarse del Estado olvidando el Parlamento, o mejor, utilizando el Parlamento para sus fines partidistas, y a través del Estado darnos sus ideas, las ideas que no nacen de las personas, sino de sus “visiones”, pues las personas tenemos “razón”, y los dirigentes de esos partidos renuncian a su razón y a su libertad para convertirse en “profetas”: como ves “trono” y “altar” vuelven a estar unidos, si es que alguna vez estuvieron separados.
Salvo el CDS y algún otro político “raro”, no hay en el espectro español nadie que defienda el parlamentarismo, que nace de las personas y de su libertad: ese es nuestro espacio político y eso es lo que debemos hacer llevar a los rincones de nuestra patria: que somos libres y que podemos organizarnos como queramos en virtud de esa libertad, de la cual nace también el “no”, pues de lo contrario no habría libertad.
Estoy convencido de que eso se puede conseguir a pesar del fatalismo que nos rodea, pues ese fatalismo es consecuencia de la imposición desde el Estado por una parte, y de impotencia para desatarse de ese yugo por otra. Un Estado al que se llega no desde el Parlamento sino desde los partidos: de ahí que nuestra democracia lo sea de partidos y no parlamentaria. Pero esto será otro capítulo.
Antonio Fidalgo
Secretario General del CDS
para Patrocinio Robledo, militante del CDS
9 Febrero, 2010 por Antonio Fidalgo Dejar una respuesta »
Publicidad