Franco y el Papa Formoso

16 abril, 2010 por Antonio Fidalgo Dejar una respuesta »

 “Dejad que los muertos entierren a sus muertos” (Lc. 9, 6a)

 El esperpento a que hemos llegado en este tema del juicio a Franco, al franquismo no es sólo nacional, sino internacional y galáctico (como diría la “otra”). Estos “señoritos satisfechos” ya no saben cómo llamar la atención. Juegan con los sentimientos no sólo de los vivos, sino de los muertos, y no se sabe bien con qué objeto pues a los muertos no los pueden “resucitar”, ni se les puede hacer justicia; y en cuanto a los vivos, es muy difícil hacer un juicio pues es difícil hacer una valoración de intenciones al  no poder llegar al “baúl de la conciencia”.

Hay muchos aspectos desde los cuales se puede afrontar este esperpento que estamos viendo y viviendo; yo quiero acercarme a él desde la “ironía”, pues con la que está cayendo no debemos perder el sentido del humor, ya que sin humor no hay amor.

 Algunas “malas lenguas” dicen que este tema, entre otros, es para mirar a otro lado frente a la gran tragedia en la que están sumidos millones de nuestros compatriotas.

 Pero yo creo que no: los millones de empobrecidos siguen sin encontrar a una persona, o personas, o partido que los representen y les da igual una situación que la contraria: su objetivo es salir de la pobreza; y los que sí se dan cuenta de que puede ser para que “se mire a otro lado”, no son engañados pues son conscientes de todo.

 Hay un tercer grupo de personas que sin haberse empobrecido, sí son sensibles a dichos compatriotas pero impotentes para ayudarlos. Saben que quienes ostentan el poder lo que pretenden es “salir en la foto”, sin importarles para nada la situación de los demás: son, a los que Ortega y Gasset llamó los “señoritos satisfechos”; hoy los llamaríamos los “niños pijos”.

 Como cualquier “niño pijo”, ni saben historia ni saben nada de nada: sólo quieren “ser vistos”, al igual que los niños chillan para que sus padres estén pendientes de ellos: le viene bien la letra de aquella canción: “… y nunca se mean, sólo hacen pipí; y van a la escuela, y todos aprueban: tanto, tanto ruega el pobre papá…”

 Lo primero en esta historia es saber que el General Franco murió hace más de treinta años: muchos de estos “señoritos” ni siquiera habían nacido. Pero, lo que es peor, es que sacan este tema para remover viejos odios y rencillas, asentados en nuestro inconsciente colectivo; y, ¡qué casualidad!, es el mismo argumento que utilizaron aquellos otros “señoritos satisfechos” a los que se pretende “juzgar”, y que ya están muertos. Así pues, su  “acción ética” nace de una interpretación de la historia, que era la misma que tenían a los que critican,  y no de un juicio racional y frío.

 Pero, como al odio se le vence con amor, y lo más cercano al amor es el humor, quiero traer a colación una historia que, aunque en su tiempo tuvo que tener sus momentos dramáticos, pues propio del hombre es el drama, ahora es motivo de risa. Me refiero a la historia del “Papa Formoso”.

 Nos tenemos que situar allá por el siglo IX, y en un contexto muy determinado. Ya, en nuestro occidente, había separación de poderes, entre el poder espiritual y el temporal; pero el poder temporal, ostentado por el primer Imperio Germano, quería inmiscuirse en el poder espiritual; por supuesto, el poder espiritual no le quedaba a la zaga, también quería meterse en las alcobas de los reyes.

 La cuestión es que el puesto de Papa era codiciado por todos pues los beneficios eran pingües y no se exigía nivel moral ninguno: “¡todo valía!” Así pues, las familias romanas y las familias imperiales querían por todos los medios poner en el puesto de Papa a uno de los suyos.

 Las luchas entre unos y otros fueron feroces, y cuando una familia ponía en el puesto de Papa a uno de los suyos, las otras familias pretendían acabar con él. El que estaba en el poder pretendía acabar con sus enemigos: era la “eterna lucha” de perpetuarse en el poder.

 En una de estas situaciones, ocupó el puesto de Papa Formoso, que pretendió acabar con sus enemigos y los persiguió como pudo; murió relativamente pronto después de acceder al papado, y uno de sus enemigos ocupó el puesto de papa: era de la familia de los Espoleto

 No había pasado mucho tiempo cuando no se les ocurre otra cosa que “juzgarlo”: sí, digo bien, juzgarlo, aunque no hacía más de nueve meses que había muerto.

 Se celebra el Sínodo del cadáver, en el cual se le desentierra, se le ponen los vestimentos papales, con su tiara y su anillo y como no puede hablar, un diácono “habla por él”, por supuesto aceptando todas las acusaciones que se le imputan.

 La  sentencia, dadas las circunstancias, sólo puede ser una: condenatoria. Y para más sarcasmo después viene la ejecución, puesto que en aquel tiempo no existían los Derechos Humanos: se le decapita y se le corta la mano derecha (con la cual bendecía) y su “cuerpo” se arroja al Tíber (los textos no dicen si sólo se arroja al Tíber el resto del cuerpo o también la cabeza y la mano derecha).

 Hasta aquí la venganza de la familia contraria a la del Papa Formoso, la de los Espoleto: vendrán tiempos procelosos, pues los amigos de Formoso en el momento en que fue iniciado el “juicio” se levantaron para “defenderlo”. Sólo el tiempo fue calmando las cosas poco a poco.

 Este esperpento histórico viene a cuento de lo que está ocurriendo ahora: después de 35 años de muerto el dictador aún colea la cosa. No sé si pretenderán desenterrarlo y juzgarlo: seguro que lo encuentran en peor estado que encontraron al Papa Formoso, pues en aquél sólo habían pasado 9 meses, y en éste han pasado 35 años.

 Con tanta “memoria histórica” los partidarios de Formoso, quiero decir de Franco, se han levantado para “defenderlo” y la situación es cuanto menos esperpéntica si no fuera por el drama y la tragedia que subyace.

 Los herederos de las víctimas han “cobrado” su reparación en la época de Suárez, en la época de Felipe González, en la época de Aznar y ahora parece que quieren seguir con la historia. A veces, da la sensación de que “es su única razón de vivir”: el estar contra la “otra familia”.

 La “otra familia” que durante muchísimo tiempo también “cobró” su reparación y que también tuvo su “memoria histórica”, ahora se ha revuelto contra su “contrario” y en el terreno judicial que, desde que se fue Suárez, deja mucho que desear.

 No sé si es una relación “amor-odio”, pero hemos llegado a una situación ridícula: el sufrimiento que está generando dicha situación es para añadirlo al haber de los españoles los cuales, parafraseando a Galdós, tendríamos que decir “¡¿por qué ha de estar España sujeta a los antojos de “estos caballeros”?!

 Antonio Fidalgo

CDS

 Madrid a 16 de abril de 2010

 

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