Parlamento y Libertad

22 abril, 2010 por Antonio Fidalgo Dejar una respuesta »

Ver la historia del CDS es ver no sólo lo que ha sido la historia de España reciente, sino ver también aquello que “pudo haber sido”.  En el recuerdo colectivo queda la ilusión de la sociedad española por “alcanzar” una democracia que nunca había existido, y como pieza importante de esa ilusión estaba el CDS.

No se entiende la historia de España reciente sin esa otra forma de hacer política que marcó el centro, con la figura, ya inextinguible, pues ha pasado a formar parte de “los más grandes”, de Adolfo Suárez.

 La forma de hacer política de Suárez nace de la consecuencia de la pregunta: “y vosotros, ¿qué hacéis mirando al cielo?”. Toda la política española de los dos últimos siglos se ha basado y fundado en  “Sinaís” ajenos a la realidad social, donde los “iluminados” de turno nos comunicaban sus “visiones divinas”.

 Hacía falta un partido que se basase  en “lo escrito”, en el “pacto”, en “el cada día” de las personas, en la tierra, al margen de raros iluminismos que todos sabemos dónde nos han llevado.

 El CDS fue, y es, un partido necesario, para marcar la diferencia con el resto de partidos que buscaban, y buscan, en “otros  mundos” la referencia para su quehacer político. El CDS lo hizo bien, pues partía de los hechos, de los problemas y de la “urdimbre trágica” de los españoles.

 Por derecha y por izquierda, el ataque fue feroz, pues no interesaba el mundo real sino en cuanto que se podían experimentar las revelaciones de los distintos caudillos en sus  “montes particulares”. Al atacar al CDS se atacaba el mundo real, a las personas con su dignidad porque eso no interesaba a esa política iluminada.

 Ahora bien, que se ataque a un grupo, si es en buena lid, entra dentro del juego democrático; el problema fue que no sólo se atacó a un grupo, sino que se quiso, y se quiere, anular el juego democrático por las ideologías alternantes: por eso, el CDS ni interesaba ni interesa.

 Y para anularlo se utilizaron todos los medios posibles: el peor de ellos es hacer anidar el huevo de la serpiente dentro del propio grupo. Si los ataques desde fuera eran noquear el partido, desde dentro era quitarle la ilusión a los que estaban dentro. Se pretendió el enfrentamiento entre los pocos dirigentes que quedaban y, alguien, por un “plato de lentejas” vendió el partido, por menos de treinta monedas de plata, como si fuera un “Judas” redivivo.

 La Derecha política, la que “por subir su asiento, de la libertad va haciendo entrego” a decir de Fray Luís de León, fue quien intentó darle el golpe de gracia: su iluminismo así se lo exigía.

 Lo que en otro tiempo fue una “travesía del desierto”, se convirtió en un “paseo por el infierno”, con el objetivo de que el Centro no apareciese en la vida política española, aunque la mayoría de los españoles se confesase de centro.

 “Mira y pasa” le hace decir Dante a Virgilio, y parece que esa era la intención de quien aherrojó al Centro en el infierno de la vida política española, para que los españoles lo vieran como una reliquia del pasado, y no como algo que dio la ilusión a una generación de españoles y que por ello mismo podría volver a ilusionar a todos.

 La ley ha hecho que las cosas vuelvan a su sitio; ilusión no ha faltado a quien ha capitaneado el salir de todo este entuerto, en el que nunca se debió haber entrado: y no es otro que nuestro Presidente Nacional, último Presidente legítimo del partido que fundara Adolfo Suárez.

 La legalidad ya está clara, y es ella la que ha roto las cadenas que nos aherrojaban en el infierno; ahora nos corresponde a nosotros continuar la labor para recoger los frutos ya sembrados durante muchos años; pues el devenir del tiempo ha engrandecido el buen hacer de aquellos hombres que hicieron posible la Transición, la cual nunca debió de desaparecer, pues Transición no significa paso, sino buen hacer.

 Los momentos que atraviesa nuestra patria son difíciles, y por ello nos embarga una profunda tristeza. Aquellos que ansiamos una democracia parlamentaria vemos escrito a la entrada de la plaza pública: “lasciate ogni speranza”, “abandonad toda esperanza”, pues sólo hay lugar para la corrupción; lo que era público ya no lo es y pasa a ser privado; lo que era abierto se ha convertido en cerrado.

 Qué ha pasado en nuestra patria para que, después de varias generaciones, hayamos devenido en un lugar con la inmensa tragedia del paro; donde a los jóvenes se les niega el porvenir; donde la productividad se basa en la limosna; donde las personas están llenas de desconfianza hacia otras personas que, aparentemente, ellas mismas eligen.

 El empobrecimiento económico es masivo, pero el moral es aún mayor, cuya causa está en la polarización de la realidad social haciendo que la única forma de adquirir prosperidad sea el adherirse a uno de los grandes partidos políticos. La paradoja consiste en que éstos anulan la imaginación personal en aras de sus intereses partidistas.

 La política, y los políticos que la conducen, ya no responden, si es que alguna vez se hizo, a la situación real de la vida, a la “urdimbre trágica” que mueve a las personas.  La política española arranca de presupuestos pasados que ya no tienen sentido en una sociedad moderna.

 La derecha política arranca de un liberalismo que además de trasnochado y abstracto da pie al nacimiento de injusticias reales; pero la izquierda política adolece de lo mismo: intenta solucionar los problemas desde presupuestos que si sirven contra el liberalismo no sirven para la realidad cotidiana. Ambos, pues, están “mirando al cielo”, no sólo desconociendo la tragedia de millones de compatriotas, sino generando los problemas, pues ellos mismos se han convertido en una parte importante del problema.

 La situación es conocida de todos y no por ello menos dura, pero sobre todos pesa el “Lasciate ogni speranza” a la hora de buscar una solución. Parecemos controlados por la democracia partidista que nos domina.

 Siguen, aún, pesando los tiempos en que “todo” el quehacer político se basaba en la “lucha” contra la dictadura, y parece que esta querencia aún perdura. Como una “fata morgana”, los cuarenta años del General Franco pululan en la mente de los políticos, susurrándole al oído situaciones ya pasadas y por ello inexistentes, que han servido para agrandar más aún, si cabe, los problemas.

 Tanto el liberalismo de la derecha como el socialismo de la izquierda han noqueado al Parlamento, han hecho de dicho Parlamento una “cámara de representación de gobernados”, no de hombres libres que toman sus decisiones y afrontan su destino.

 Lo que se llama democracia no es más que la extrema burocratización llevada a cabo por los dos grandes partidos, que se han adueñado del “aparato del Estado” con el cual ningunean al parlamento y a sus instituciones. Al dar prioridad al Estado, volvemos a la “democracia tutelada” de otras épocas.

El “lasciate ogni speranza” lleva a que miles de personas vean su única salvación en el “Estado”, y su única forma de llegar a él lo ven a través de los dos grandes partidos políticos que desprecian al Parlamento y a sus instituciones; sin importarles ya si se ha dividido en dos la sociedad española.

 Esta división llega también a la confusión que existe entre lo público y lo privado, donde se vierten los criterios morales de “bueno” y “malo” en uno u otro, dependiendo de la querencia de cada uno. Ya no se sabe que lo público es lo de todos, es decir, la suma de lo privado que se manifiesta en un pacto parlamentario.

Viajar por los campos de España, y escuchar conversaciones sobre este tema, es oír comentarios hechos con cierta envidia sobre los parlamentarios: se les envidia lo que ganan económicamente y se critica lo poco que trabajan, acusándoles de que las leyes que hacen, además de no servir para nada, no las cumple nadie.

 Que los comentarios que se hacen tienen razón no lo duda nadie, pues el sentir común se apercibe del nivel de apesebreamiento que existe en nuestra clase política, el cual llega hasta la representación suprema que es el Parlamento.

 Qué hacen los dos grandes partidos políticos en su dinámica interna es algo a lo que están ajenos todos los ciudadanos, a los cuales sólo se les requiere el día de las elecciones; después todo queda en el arcano más profundo.

 Pero aún hay más: no puedo por menos de hacer referencia al acto más vil que haya visto la historia española y de desprecio de las instituciones por sus presuntos representados. Me refiero al hecho “aprobado” en el Parlamento de dar el 20 % del PIB a la gran banca, lo cual prueba la unión, es más, el matrimonio entre los grandes plutócratas que gobiernan a los dos grandes partidos con el poder financiero. Las consecuencias ya se están viendo: el empobrecimiento general de la población y el nacimiento de bolsas de pobreza.

 Todo esto se puede superar con la representación, y con ella haremos un Parlamento que represente a hombres libres, no a siervos a los que se les conceden unas prebendas: es esto lo que hacen los dos grandes partidos con sus afiliados y lo que han extrapolado al resto de la población española.

 La función fundamental del Parlamento es hacer leyes, a las cuales tenemos que estar sometidos todos; de otra manera no serían leyes. Si han pasado los tiempos en que los sindicatos tutelaban a las leyes, por qué no han de pasar los tiempos en que los poderes financieros tutelen dichas leyes. Si nadie ha de estar por encima de las leyes, menos aún ningún otro tipo de poder. La obligatoriedad la ha de dar el parlamento, y nadie más que él; todo otro tipo de poder ajeno al parlamento ha de ser considerado una intromisión intolerable.

 El Parlamento, pues, es un fin en sí mismo, y por eso mismo define lo que es público. Lo público nace del parlamento como consecuencia de un pacto que ha sido debatido de forma abierta y pública; esa decisión no sólo es pública sino que es de obligado cumplimiento por todos, respetando el ámbito de la conciencia individual.

 Nada hay superior al parlamento en el ámbito público, pues éste nace de él mismo; de lo contrario se convertiría en algo privado, prevaleciendo sobre lo público y anulándolo. El poder que ha sido el tutor del parlamento hasta ahora, o sea, el Estado, pasa a ser un poder simbólico, pues no define lo público, ni sintetiza el sentir de los ciudadanos, los cuales se representan en el parlamento: único órgano que define lo Público, al cual se llega mediante el pacto de todos los intereses representados.

Ya hace varias generaciones que los tiempos están maduros para que cada persona se haga dueña de sí misma y de su destino; que cada persona sea forjadora de lo que le rodea, de sus circunstancias: que sea libre.

 Esta libertad no está pendiente de nada ni de nadie; no está sujeta a ninguna ley: sólo sujeta a sí misma y a la persona que la sustenta. Y por ello mismo es capaz de forjar no sólo las circunstancias sino sus instituciones.

 Es verdad que la libertad individual tiene sus obras; pero son eso: sus obras; y por ello no deben estar por encima de quien las ha creado.

 La persona, o es libre o no es nada y se convierte en siervo, o bien de otros, o bien de lo que otros han creado. Y no hay nada que justifique la servidumbre. Hemos nacido libres y por eso somos libres.

Las instituciones que hemos creado son criaturas nuestras, y por ello no deben servir para esclavizarnos: deben ser nuestra propia representación. Si somos libres, deben ser representación de nuestra libertad.

 La libertad nos da nuestra propia madurez: por ello nos damos a nosotros mismos nuestras propias normas, y con ellas nos damos nuestros propios límites; pero éstos no coartan nuestra libertad, sino que son su propia expresión: pues la persona libre vive con otras personas que también son libres. Ese pacto de personas libres, representado en el parlamento, es la base o fundamento de la sociedad.

 La sociedad lo es de personas libres o no lo es; expresado en un pacto y no en un ente abstracto que ha servido para mayor esclavitud, pues ha anulado la libertad de muchos de nuestros compatriotas.

 La libertad ha de ser libertad de decisión y de opción o no lo es; y esas múltiples decisiones se han de manifestar en la representación. Si no hay representación hay decisionismo, con lo cual se anulará la representación y por lo tanto la libertad individual.

 En la representación hay pacto, que es fruto de las múltiples libertades; en el decisionismo hay imposición, por lo tanto anulación de las múltiples libertades.

 El parlamento es expresión de la representación; el Estado es expresión del decisionismo. La libertad anida en la representación, y por lo tanto en el parlamento; el Estado anula la libertad y por lo tanto la representación.

 Pero no sólo la libertad es uno de los valores más fundamentales de nuestra cultura; unida a ella de una forma inextricable está aquello que nos ha dado bienestar y prosperidad a todos, y que ha servido para que otras culturas y otros continentes nos imiten: me refiero a la ciencia.

 Sólo porque en occidente se ha forjado la libertad individual  ha sido posible la interpretación del mundo desde sí mismo, y desde lo que los hombres podemos hacer. Sólo porque ha habido momentos en que los hombres han sido libres, han podido dominar el mundo y ponerlo al servicio de sus semejantes. Sólo desde la libertad ha sido posible la solidaridad con los otros hombres.

 Porque los Derechos Fundamentales han sido fruto también de la libertad individual; porque es la misma libertad reconociéndose digna a sí misma, es por eso mismo por lo que no se pueden separar de lo que es la libertad en concreto.

 El relato y el testimonio de nuestros mayores nos sirven de guía también en este aspecto. Cuando se han separado los Derechos Fundamentales de la ciencia es cuando mayor ha sido el ataque a la libertad individual. La experiencia del siglo pasado es suficiente para testimoniar esta afirmación.

Cualquier aventura hacia otras civilizaciones está llamada al fracaso, siendo totalmente estéril, pues en nuestra propia tradición tenemos lo más rico que podemos ofrecer, porque se ha forjado en nuestro suelo: la ciencia como lo más propio nuestro junto a o porque es fruto del respeto a la propia persona. De ahí, también, surge nuestro quehacer político; es más, debe surgir el quehacer político más genuino, porque de ahí arranca la libertad personal, individual e intransferible.

 No cabe alianza con ninguna civilización que permita renunciar a lo que somos o a lo que nuestros pasados construyeron con esfuerzo. Sí caben alianzas desde el diálogo y desde el ofrecimiento de aquello que somos y que hemos construido. La libertad individual es lo más preciado de nuestro occidente, del cual nace este dominio del mundo para el servicio de nuestros semejantes.

El CDS está capacitado para hacer una política basada en los supuestos anteriores, que ya se intentó con el presidente Suárez, pero que fue anegada por los visionarios tanto de la derecha como de la izquierda

 Sólo se ha practicado una política de “imposición” de las propias convicciones, sin tener en cuenta la realidad social. La sociedad y las personas que la componemos no hemos sido más que un campo de experimentación sobre el cual se ha vertido fracaso tras fracaso, sin tener en cuenta el sufrimiento generado.

 Sólo se ha hecho una política teniendo en cuanto unas leyes emanadas de no se sabe dónde, a las que tenemos que someternos como si fuesen leyes físicas, y en la que no se contemplan ni la libertad ni la decisión de las personas.

 Sólo se ha hecho una política de “verdades”, en la cual sólo se contemplan dos tipos de errores: los “errores” de los ciudadanos, a los cuales se les “obliga” a cambiar, pues al ser de una clase inferior o bien “no saben” o bien “no comprenden”; y los errores de la no aplicación de esas “verdades” que siempre se achacan al grupo contrario, pues del propio grupo no puede emanar ningún “error” al estar en la “verdad verdadera”.

 Desde aquí no se han visto nunca las posibles consecuencias, ni siquiera se han analizado previamente, pues “su verdad” impedía dicho análisis.

 Independientemente de la tragedia social que vivimos, el CDS siempre quiso un análisis previo que analizara dichas consecuencias, y que ahora se hace más necesario que nunca. Sólo el análisis racional hará que salgamos de esta crisis.

 Pero al margen de estos momentos siempre ha estado en nuestro horizonte esta responsabilidad, que no es un brindis al sol, sino que la entendemos como “analizar las posibles consecuencias de cualquier acción social y política”.

 Es ahí de donde se puede aprender de la experiencia, de los errores, no como algo a extirpar, sino como fuente de experiencia para mejorar, pues España es de todos, es algo nuestro, es un quehacer conjunto, y en ese quehacer cabemos todos con nuestros yerros y nuestros aciertos. En España no sobra nadie, inclusive aquellos que nos han llevado a esta situación.

 En una España en que quepamos todos sobran “verdades” y “convicciones”; creemos firmemente que se puede hacer una política basada en la humildad que se basa en el conocimiento de la “urdimbre trágica” de la cual va a nacer la solidaridad que se expresará en un Parlamento representativo.

Antonio Fidalgo

Secretario de Cultura del CDS

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