“El aguafiestas deshace el mundo mágico y por eso es un cobarde y es expulsado. También en el mundo de lo serio los tramposos, los hipócritas y los falsarios salen mejor librados que los aguafiestas: los apóstatas, los herejes e innovadores, y los cargados con escrúpulos de conciencia”. Johan Huizinga. Homo Ludens.
Si tuviera que hacer una afirmación que envuelve a todo el ser humano y en todos sus momentos, es decir que el “hombre es un ser que juega”, un “ser jugante”. Eso es lo que ha sido en todo su historia, y eso no le quita dramatismo, sino al contrario: se lo da. Desde la hominización hasta hoy en día, los hombres no han hecho más que “jugar”, y en ese jugar han aprendido, desde las primeras herramientas, hasta el comportamiento moral.
Esta afirmación, que para mí es un “hecho”, subyace en todo nuestro quehacer, y así como hay un “fondo de bondad humana” que, de cuando en cuando, resurge no sólo en colectividades sino en personas, y nos hace recordar que la “humanidad” se forjó en el cariño y en el aprecio, así también, de cuando en cuando los hombres, expresados en comunidades, sacan a relucir este aspecto de juego, su “ser jugantes”.