“Nosotros –dijo señalando a su amigo que junto a él se sentaba- estamos decididos a no asociar nuestro nombre a los errores que se están cometiendo. Amamos a la Libertad con delirio;… Antes que empujar a la Nación por este carril que la precipitará en el abismo … No se nos oculta que el absolutismo volverá, y quizás pronto, si a tiempo no se pone mano en reparar el Reino que se desquicia; y el absolutismo vendrá, porque las instituciones vigentes no ofrecen condiciones … y son incapaces de fundar nada sólido”. Galdós. El Grande Oriente.
No todo está perdido en España. Y, sin duda, lo que no está perdido son la mayoría de los españoles que aún no han perdido su bonhomía ni su capacidad de analizar las cosas, incluida su propia pobreza. ¡Es difícil ver una sociedad con más aguante que la española!: observar la urdimbre trágica en la que se mueven millones de españoles: parados que cobran muy poco; trabajadores “mileuristas”; jubilados cuya jubilación decrece; pequeños empresarios incapaces de “emprender” nada y sometidos a subvenciones; funcionarios cuyos sueldos están congelados; y un largo etcétera cuyo dolor se vive en la intimidad del hogar de cada uno.
Aun así, los españoles somos capaces de distinguir el “bien del mal”, que es uno de los signos de la “inteligencia humana”; los españoles vemos que la situación es consecuencia de la clase política, la que nunca está en crisis debido a cómo se ha estructurado, paradójicamente, la sociedad: en un momento de crisis, los únicos que no son solidarios son, precisamente, los políticos que, además son los causantes de la situación de crisis en que vivimos. Cualquier empresa puede entrar en crisis, o cualquier obrero puede ir al paro; pero el político, que no sabe nada ni ha estudiado nada, sube los impuestos para que su “puesto” no peligre y se mantenga con el “chollo”. Esta insolidaridad es vista por la mayoría de la población como “mala” y, sin duda, moralmente, lo es.