“Todos los individuos de la sociedad, considerados aisladamente, son idénticos entre sí, y siéndolo, tienen un nombre común: todos se llaman hombres; pero, considerados en sus relaciones sociales, todos pierden su nombre genérico en un nombre específico: unos se llaman súbdito, otros se llaman Poder. Se llama Poder el hombre que manda, y súbdito, el hombre que obedece”. Donoso Cortés. Sobre el proyecto de ley fundamenta.
Sólo hay que mirar a nuestro alrededor para ver cómo es la vida que llevan millones de españoles, que a su vez es la misma que llevaban nuestros padres y nuestros abuelos, etc. Personas para las que apenas existirá ninguna oportunidad y que estarán por “debajo” de otros compatriotas suyos, por más que trabajen. Son los españoles de segunda, a los que las circunstancias han “condenado”; pero unas “circunstancias” dadas por nosotros mismos; no unas circunstancias dadas por la naturaleza ni por ningún dios.
En la antigüedad era la naturaleza (divinizada) quien hacía esas distinciones; o bien en algunas religiones, también los “dioses” (o Dios) permitían que unas personas estuviesen por “encima” de otras. Pero los españoles no apelamos ni a la naturaleza ni a Dios para hacer que existan dos “clases”, sino que nos damos esta diferencia por un “acto de obediencia”; lo que nos permite que hayamos instaurado, desde hace siglo y medio, más o menos, en nuestra sociedad este estoicismo jurídico que nos atenaza y que nos hace no sólo no prosperar sino que impide, además, que se instaure un mínimo de justicia democrática en nuestro país: es la “sociedad obediencial”.
Decimos, o aceptamos teóricamente, que nacemos libres, pero nuestro sistema, el que nos hemos dado a nosotros mismos, hace que “renunciemos” a esa libertad para alcanzar un grado más alto de “beatitud”; y ese grado lo alcanzamos mediante ese acto de obediencia. Acto obediencial que nos permite que la mayoría de las cosas que hacemos no sirvan para nada, además de dividir la sociedad en ciudadanos de primera y ciudadanos de segunda. Veamos.
» Leer más: Si hemos nacido libres, ¿por qué vivimos como siervos?