“Todos los individuos de la sociedad, considerados aisladamente, son idénticos entre sí, y siéndolo, tienen un nombre común: todos se llaman hombres; pero, considerados en sus relaciones sociales, todos pierden su nombre genérico en un nombre específico: unos se llaman súbdito, otros se llaman Poder. Se llama Poder el hombre que manda, y súbdito, el hombre que obedece”. Donoso Cortés. Sobre el proyecto de ley fundamenta.
Sólo hay que mirar a nuestro alrededor para ver cómo es la vida que llevan millones de españoles, que a su vez es la misma que llevaban nuestros padres y nuestros abuelos, etc. Personas para las que apenas existirá ninguna oportunidad y que estarán por “debajo” de otros compatriotas suyos, por más que trabajen. Son los españoles de segunda, a los que las circunstancias han “condenado”; pero unas “circunstancias” dadas por nosotros mismos; no unas circunstancias dadas por la naturaleza ni por ningún dios.
En la antigüedad era la naturaleza (divinizada) quien hacía esas distinciones; o bien en algunas religiones, también los “dioses” (o Dios) permitían que unas personas estuviesen por “encima” de otras. Pero los españoles no apelamos ni a la naturaleza ni a Dios para hacer que existan dos “clases”, sino que nos damos esta diferencia por un “acto de obediencia”; lo que nos permite que hayamos instaurado, desde hace siglo y medio, más o menos, en nuestra sociedad este estoicismo jurídico que nos atenaza y que nos hace no sólo no prosperar sino que impide, además, que se instaure un mínimo de justicia democrática en nuestro país: es la “sociedad obediencial”.
Decimos, o aceptamos teóricamente, que nacemos libres, pero nuestro sistema, el que nos hemos dado a nosotros mismos, hace que “renunciemos” a esa libertad para alcanzar un grado más alto de “beatitud”; y ese grado lo alcanzamos mediante ese acto de obediencia. Acto obediencial que nos permite que la mayoría de las cosas que hacemos no sirvan para nada, además de dividir la sociedad en ciudadanos de primera y ciudadanos de segunda. Veamos.
Son dos las formas en que nos situamos ante la realidad social: o bien como individuos, o bien como sociedad. El nacimiento no hace esta distinción, sino que la hacemos nosotros; y decimos que el hecho de estar en sociedad es “superior” al hecho de estar en individualidad. A la individualidad la llamamos “estado natural” y a la sociabilidad accedemos poco menos que “huyendo” de la individualidad. A esa “cuasi-huida” la llamamos “pacto”, y el resultado es a lo que llamamos “público”; como consecuencia, lo que no es público, es privado; así, la individualidad es lo “privado” y la sociabilidad es lo “público”. Así pues, el nacimiento no nos da ningún derecho, sino todo lo contrario: nos hace, moralmente, malos; los derechos los da el “acceso a”. Lo público, en nuestra España, no es donde se nace, sino “a lo que se accede” y “cómo se accede”.
Dicho esto, y sin ánimo de ahondar más, le hemos añadido unas categorías morales: de lo privado nace el egoísmo, y todo el “mal” moral posible; y para aplacar dicho egoísmo está lo social que es lo bueno, lo justo, y a lo que llamamos “público”.
¡Cómo acceder a esto que llamamos público, que consideramos como “superior” a lo privado y que, a su vez, ha de gobernar y guiar a lo privado, es lo fundamental!
Puesto que se le considera, a lo público, como el “eje” inamovible gravitatorio de toda la realidad social, las personas que han de acceder a esa realidad secundaria y superior han de “renunciar” a su estatus primario mediante un acto juramentado; ahí se fundamentan las llamadas “oposiciones para acceder a lo público”. Una persona que se haya esforzado en su vida “privada” ha de renunciar a su esfuerzo, realizar el acto juramentado, y es entonces cuando está preparado para “guiar” a las otras personas que están en lo “privado”; ahí, dicha persona, alcanza un status superior puesto que es garante y guardián de lo “público”. Él mismo no es juzgado por su esfuerzo, ya sea una carrera universitaria o cualquier otro estudio, sino que es juzgado por su obediencia a lo público, lo cual va a ser identificado con el “Estado”: como lo “público” es superior a lo “privado”, el Estado se va a considerar superior a lo privado que se identifica con la “sociedad”; la sociedad, pues, va a ser guiada por el Estado.
Las personas en cuanto que están en la sociedad van a ser “inferiores”, pues es lo privado; y en cuanto que están en el Estado, van a ser “superiores”, pues representan lo “público” que es lo mejor, lo justo, etc…
Así pues, para acceder a lo público, al Estado, se realiza un acto juramentado, por el cual uno “renuncia” a su individualidad y a su esfuerzo, y dicha renuncia le permite dirigir a los demás que están excluidos de esta dimensión; e inclusive decirles y aleccionarles sobre lo mal que es dicha individualidad.
Pero existe otra forma de acceder al Estado, que es identificado con lo público, y es a través de los partidos políticos; esta forma es criticada por el método anterior, pues se considera que los partidos políticos son una forma más de expresión de la individualidad. Quizás sea por ello por lo que son tan criticados; aunque razón no les falta para ser criticados, pero no por ser expresión de la sociedad sino por el método que utilizan para acceder al Estado.
¿Qué exigen los partidos políticos? Nada; sólo ser fieles al jefe de dicho partido; y esa fidelidad les lleva a “acceder” directamente a cualquier puesto del “Estado”; esa fidelidad también supone una ruptura con la individualidad, con la sociedad. Los partidos políticos tradicionales están planteados como un “método democrático” para acceder al Estado, y no son expresión de la sociedad en absoluto.
La consecuencia está en que en cualquier Ayuntamiento, Parlamento, o “cosa pública” tenemos a personas que han “jurado fidelidad”, o bien al “Estado” o bien al “Jefe”; y así se da la paradoja que un Alcalde, concejal, o parlamentario, sin título ninguno está cobrando un sueldo impresionante y “dirigiendo” a licenciados o doctores, que después de un esfuerzo en su vida cobran un salario basura; en un Ayuntamiento pequeño está el Alcalde cobrando 3.000 € mensuales más “visa oro”, y está de jardinero o de barrendero un licenciado.
Lo peor de todo es que tanto el Alcalde como el barrendero consideran la situación como “normal”, e imposible de cambiar, puesto que “así son las cosas”.
Es más, en cualquier ministerio o consejería, tenemos a un ministro, a un secretario de Estado o subsecretario sin título ninguno, al frente de licenciados o doctores: a todos los parece normal la situación, e “imposible de cambiar”.
Para rizar más el rizo, hay “fieles” de partido que están orgánicamente por encima de “fieles” del Estado; y algunos fieles estatales se “afilian” a partidos para así subir en el escalafón del Estado, porque así gestionan más y mejor la bondad estatal; y así subvencionarán mejor a la sociedad, a la que consideran “inferior”: creen que la doble fidelidad, les dará doble bondad.
Esta visión donosocortesiana que impera en España desde hace siglo y medio, más o menos y que, prácticamente, ha cristalizado ya en nuestras instituciones, está haciendo que muchos jóvenes se vayan de España, pues dichos jóvenes cada vez “obedecen” menos, ya sea a una ideología u otra, de corte nacionalista o estatalista. Ahora bien, he dicho que ha cristalizado y será difícil cambiar, pues muchos se “conforman con su suerte”: es lo que he llamado más arriba “estoicismo jurídico”, pues la “diferenciación” social nos la hemos dado nosotros a nosotros mismos.
Una forma de cambiar esta situación sería con la educación; pero, la educación es consecuencia de este sistema, y podemos decir que en estas circunstancias “no vale para nada”; a nosotros nos gustaría recuperar la idea tradicional: que el estudio sirviera de promoción social, es decir, que valiera para algo. Tendremos oportunidad de hablar de la educación en siguientes artículos; ahora sólo quiero añadir algunas líneas contextuadas en lo escrito más arriba.
Muchos recordamos cuando padres, rebosantes de pobreza consecuencia de este sistema, pedían ayuda para sus hijos para que estudiaran y salieran de ese fatal destino; generalmente era la Iglesia quien daba esa ayuda. Los hijos estudiaban pues se fijaban en la “suerte” de sus padres y querían salir de ese hoyo en el que el destino les había puesto.
El estudio era la única puerta que tenían para salir de la pobreza; ahora el estudio no tiene esa utilidad, pues saben que, estudien o no, va a ser ciudadanos de segunda; y sólo saldrán de esa “suerte” si “obedecen”, ya sea al Estado ya sea al Partido Político correspondiente; y por dicha obediencia llegarán a lo “público”, es decir, no a lo que es de todos sino a aquello a los que están destinados al “Poder”, a gobernar a los “súbditos”. Esta es la España obediencial que tenemos y que queremos.
Pero, no podemos permitir la “sangría” de millones de jóvenes que se han esforzado que vayan a otros países donde sí existe la igualdad por el hecho de ser personas y el hecho de haber nacido; sociedades democráticas que las personas son libres porque han nacido libres, y no por ningún acto obediencial.
Nosotros sostenemos la idea de la representación, pero eso será para otra ocasión en otro artículo; y nuestro problema será hacerlo llegar a todos los españoles y convencerlos de que sí es posible crear estructuras no fatalistas y al margen de esta visión “donosocortesiana” que nos ha llevado a que unos españoles estén por encima de otros, que haya españoles de primera y españoles de segunda.
La igualdad de todos es previa a cualquier opción de cada uno; la obediencia no nos da derechos, sino que los tenemos previamente por el hecho de haber nacido: ¡somos libres, porque hemos nacido libres!
Antonio Fidalgo
Secretario de Ideología del CDS