“¡Qué grandes hombres de estercolero todos los grandes hombres de la época! ¿Es que los hombres, como las hortalizas, necesitan el fiemo para crecer y desarrollarse? – pensaba. ¿Es que las sociedades honestas y virtuosas no producirían más que hombres mediocres?”. Pío Baroja. El amor, el dandismo y la intriga.
Tenemos que volvernos a la Revolución Francesa y a su introducción del nuevo “hombre religioso” para entender lo que está pasando en España: no olvidemos que España vivió la invasión de los “misioneros franceses de Napoleón” en 1808 y que con el tiempo han, prácticamente, triunfado a todos los niveles en todas las estructuras. Son los propios “revolucionarios” franceses los que exigen un “acto juramentado” a sus propios conciudadanos para ocupar un puesto en el “nuevo orden”: la nueva Constitución se va “imponiendo” y a los que no la juran se les llama “no-juramentados”; estos “no-juramentados” van a sufrir los “rigores” de los “juramentados” los cuales, en nombre de la libertad, imponen, prohíben y persiguen sus consignas con unos métodos que empiezan en “La Vendée” y acaban en Rusia y España; y aunque después vengan “Borodino” y “Bailén” la semilla del “juramento” estaba plantada.
Los misioneros anunciaban un “hombre nuevo” que encontraría su acomodo en unas nuevas estructuras, que poco a poco irían anulando las “viejas estructuras”; los “profetas” de ese hombre nuevo pronto aparecieron, pero también aparecieron “profetas” de nuevas estructuras a las que se llamó “Estado”: así, al hombre nuevo se le buscó acomodo en el Estado, y si no estaba en el Estado es que no era hombre nuevo; este hombre nuevo y este Estado estaban cargados de moral y eran ellos los que impartirían la justicia y el bienestar a todos los hombres, y de ellos habrían de salir los nuevos “misioneros” que anunciaran “la buena nueva” del hombre nuevo y de las estructuras nuevas.